Se trató de una iniciativa prácticamente improvisada. Escogimos la bahía de Tabaiba, en la costa sudeste de la isla (Tenerife), por pura proximidad.

Comenzaba el verano, algo que se podía deducir por el anhelado alboroto de la fiesta. Increíble el contraste entre el bullicio de la misma,

con una luna brillantísima a pesar del humo reinante, y la multitud de pequeñas hogueras que trataban de combatir a la oscuridad, en total silencio.

En cada rincón, alejados del bullicio, pequeños reductos de personas se congregaban para hacer sus rituales, en un intento de combatir la falta de intimidad que reinaba debido a la ingente cantidad de personas que acudían al lugar.

De pronto, pasada ya la media noche, un gran fuego se alzó sobre el mar. Una impresionante hoguera que se arrimó al combate contra las sombras.

 Y explosiones de mil colores iluminaron su superficie, tiñendo su negrura de tonos imposibles.
Tiñendo su negrura de tonos imposibles. 
Y aquellas centellas, celosas de las estrellas, buscaron el firmamento para eclipsar su brillo. 
Y, al menos por unos instantes lo consiguieron. 
El estruendo acalló por segundos al gentío. Que contemplaba atónito el espectáculo de luz y color.
Luminarias aquí y allá, congregando a muchos…
…hipnotizando a unos pocos…
…y arropando a otros.
Mil cosas, mil deseos, mil sueños… de todo arrojaban a las llamas, 
mientras otros simplemente… conversaban arrimados a su calido abrazo.

Y la gran hoguera, en medio del océano, pese a haber perdido su fuerza inicial, demostró su arrojo al mantenerse aún ardiendo hasta el amanecer.

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