Desde las llanuras de América del Norte hasta las selvas profundas de Oceanía, los primeros exploradores y antropólogos del siglo XIX se encontraron con una resistencia inesperada. Al sacar sus pesadas cámaras de fuelle y placas de plata, no solo recibían miradas de curiosidad, sino a menudo un rechazo rotundo basado en una creencia que hoy nos suena a leyenda: la cámara fotográfica roba el alma.

Lo que muchos occidentales descartaron en su momento como simple superstición de “pueblos primitivos”, encierra en realidad una profundidad filosófica y una advertencia sobre la identidad que sigue vigente en la era de los selfies.

La Metafísica de la Imagen

Para muchas tribus aborígenes y pueblos indígenas, la identidad no era algo fragmentable. La imagen de una persona no era una simple “representación” de ella, sino una extensión de su ser. Bajo esta cosmovisión, si alguien capturaba tu imagen de forma permanente, estaba poseyendo una parte vital de ti. La lógica era tan simple como aterradora:

  • La captura del reflejo: Si el alma es lo que da vida al cuerpo, y el rostro es el espejo del alma, fijar esa expresión en un papel significaba que el individuo perdía el control sobre su propia esencia.
  • La inmortalidad forzada: Al capturar a una persona en un momento específico, la cámara le impedía envejecer o cambiar en el plano espiritual, dejándola “atrapada” en el tiempo.

El Poso de Realidad: El Poder del Observador

Como dice la frase, toda leyenda tiene su poso de realidad. En este caso, el “robo del alma” puede interpretarse de forma metafórica pero muy real a través de la historia.

  • La Deshumanización: Los fotógrafos solían tratar a los indígenas como especímenes de estudio, no como individuos. Al fotografiarlos, les quitaban su “alma” social para convertirlos en objetos de museo o curiosidades para el público europeo.
  • El Control Colonial: Poseer la imagen de alguien era, en muchos sentidos, poseer información sobre ellos. En contextos de conquista, la documentación gráfica fue una herramienta de control y vigilancia.
  • El Respeto a lo Sagrado: Muchas de estas culturas consideraban que ciertos rituales o personas sagradas no debían ser vistos por ojos no iniciados. La cámara rompía esa barrera de privacidad ancestral.

El Caso de Edward S. Curtis

Uno de los ejemplos más famosos es el del fotógrafo Edward S. Curtis, quien pasó décadas documentando a los nativos americanos. Aunque logró imágenes icónicas, a menudo era visto con recelo. Se dice que algunos nativos lo llamaban “El Cazador de Sombras”. Para ellos, Curtis no estaba creando arte; estaba recolectando las sombras de un pueblo que el gobierno intentaba borrar.

¿Hemos perdido el alma hoy?

Hoy en día, vivimos en el extremo opuesto. Nos fotografiamos compulsivamente, subiendo nuestra imagen a la “nube” miles de veces al día. Sin embargo, la vieja advertencia de los aborígenes resuena con una nueva ironía:

En un mundo donde nuestra imagen es procesada por algoritmos, vendida para reconocimiento facial y utilizada para moldear nuestra conducta, cabe preguntarse si, después de todo, aquellas máquinas no terminaron realmente robando algo de nuestra esencia.

Aquellos pueblos no temían a la tecnología por ignorancia, sino por un profundo respeto a la integridad del ser humano. Quizás, al negarse a ser fotografiados, no estaban siendo “atrasados”, sino que estaban protegiendo lo único que ningún explorador debería poder comprar o capturar: su libertad interna.

Es fascinante cómo esta creencia se manifestó de formas distintas dependiendo del aislamiento y la cosmología de cada región. Vamos a profundizar en dos de los casos más emblemáticos y visualmente potentes de la historia: las tribus del Amazonas y los aborígenes de Australia.

1. El Amazonas: El “Espejo del Mal” y la Caza de Sombras

En la cuenca del Amazonas, el encuentro con la fotografía fue particularmente traumático durante la fiebre del caucho (finales del XIX y principios del XX). Para muchas etnias, como los Yanomami o los Kayapó, la imagen capturada no era solo un dibujo, sino un doble espiritual.

  • La pérdida de la sombra: En su cosmología, la “sombra” o el “reflejo” están vinculados a la fuerza vital. Al ver una fotografía de sí mismos, los indígenas sentían que el fotógrafo había “extraído” esa capa protectora. Si el papel se dañaba o se quemaba, creían que la persona real sufriría el mismo destino o enfermaría.
  • El impacto de la cámara de fuelle: Las cámaras antiguas eran grandes cajas negras que “tragaban” la luz y luego escupían una placa de vidrio. Para un chamán que nunca había visto un espejo de alta calidad, ese proceso era pura magia negra o una forma de canibalismo simbólico.
  • El “alma” en el museo: Cuando los exploradores se llevaban las fotos a Europa, los indígenas sentían que sus ancestros quedaban cautivos en tierras lejanas, impidiéndoles completar su viaje al mundo de los espíritus tras la muerte.

2. Australia: El Tabú de los Difuntos y el Gran Silencio

En el caso de los aborígenes australianos, la relación con la imagen es aún más compleja debido a sus leyes sobre la muerte.

  • Ver al muerto es retenerlo: Existe una tradición profundamente respetada (que aún persiste en muchas comunidades) que prohíbe ver imágenes o decir el nombre de personas que han fallecido.
  • La fotografía como trampa: Si un explorador fotografiaba a un miembro de la tribu y este moría poco después, la fotografía se convertía en un objeto peligroso. La imagen mantenía al espíritu atado a la tierra, impidiéndole descansar en el Dreamtime (El Tiempo del Sueño).
  • La censura sagrada: Muchas veces, el rechazo no era a la cámara en sí, sino a que capturaba lugares o pinturas rupestres sagradas que solo los iniciados podían ver. La fotografía democratizaba lo que debía ser secreto, lo cual era considerado una profanación espiritual grave.

Incluso hoy, en muchos documentales grabados en comunidades indígenas remotas, verás una advertencia al principio del programa: “Este programa contiene imágenes de personas que han fallecido”. Esto se hace por respeto a esas culturas que aún consideran que la imagen digital sigue siendo un fragmento del alma que debe ser tratado con cuidado.

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Fernando Álvarez
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