Hay textos que no buscan convencer, ni seducir, ni prometer poder. Textos que no invitan a actuar, sino a detenerse. El Testamento de Salomón pertenece a esa categoría incómoda: no ofrece fórmulas para dominar lo invisible, sino advertencias para sobrevivir a ello.
Compuesto entre los siglos I y III de nuestra era, redactado en griego y atravesado por tradiciones hebreas, helenísticas y orientales, este texto apócrifo se sitúa en una frontera peligrosa. No es un grimorio medieval al uso, ni un tratado teológico, ni un manual mágico. Es, más bien, un inventario. Un catálogo de entidades, funciones y efectos que afectan directamente al ser humano.
Y ahí radica su inquietante modernidad.
Salomón no invoca: interroga

El Salomón que aparece en este texto no es el rey glorioso ni el sabio idealizado. Es un testigo forzado. Gracias al célebre anillo —símbolo de autoridad más que de poder—, no convoca demonios para servirse de ellos. Los obliga a responder.
Siempre las mismas preguntas:
- qué hacen a los humanos,
- y qué los debilita.
No hay devoción, no hay pacto, no hay adoración. Hay contención. Salomón parece comprender algo que siglos después aún incomoda: no todo lo peligroso puede ser destruido. Algunas fuerzas sólo pueden ser limitadas, reconocidas, neutralizadas parcialmente.
Depredadores del cuerpo… y de algo más

La primera tríada del Testamento de Salomón no presenta monstruos espectaculares, sino formas de desgaste.
Ornias no se alimenta de sangre, sino de presencia. Debilita, agota, consume lentamente. Hoy hablaríamos de parálisis del sueño, de fatiga inexplicable, de esa sensación opresiva que aparece cuando el cuerpo falla sin causa aparente.
Asmodai no empuja a nadie. Sugiere. Distorsiona el deseo y deja que el ser humano complete el proceso de autodestrucción. Adicciones, obsesiones, decisiones repetidas que sabemos dañinas. El demonio no actúa: observa.
Onoskelis, mitad belleza y mitad deformidad, no caza. Espera ser elegida. Representa la atracción hacia aquello que sabemos tóxico, pero no podemos evitar desear. El placer que promete plenitud y entrega vacío.
Cuando el demonio deja de tener forma

En la segunda parte del texto, las entidades pierden cuerpo y ganan abstracción.
Efipas no tiene rostro. Es viento, caos, ruptura del rumbo. El accidente, la pérdida súbita, el plan que se derrumba sin explicación.
Celos ni siquiera se manifiesta. No lo necesita. Opera a través de la envidia, la sospecha, el resentimiento. No destruye directamente: provoca que otros se destruyan entre sí. Quizá por eso resulta tan peligroso.
Y luego está la entidad sin nombre fijo, cambiante, múltiple. Hombre, mujer, bestia. El traidor imprevisible. Cuando el patrón desaparece, ya no hay defensa posible.
Aquello que ni Salomón pudo controlar

El Testamento no oculta sus límites. Algunas entidades no son dominadas.
Obisud no mata niños: roba futuros. De ahí su presencia transversal en mitologías de todo el mundo, los amuletos, los rituales protectores, el miedo persistente que rodea la infancia.
Y, finalmente, la presencia innombrable que fluye en el fuego. Sin forma, sin voz, sin negociación posible. Cuando Salomón la enfrenta, no siente miedo, sino reconocimiento. Algo que no debería existir en nuestro plano. Algo que solo puede ser parcialmente restringido… y ni siquiera eso con garantías.
Un texto que no ha perdido vigencia
La pregunta relevante no es si estas entidades eran reales en un sentido literal. La pregunta es por qué siguen apareciendo.
Porque representan patrones que no han desaparecido. El parasitismo, la obsesión, la envidia, el caos, la pérdida, la traición. El Testamento de Salomón no pretende vencerlos. Pretende que no los olvidemos.
Tal vez Salomón no escribió para dominar lo invisible.
Tal vez escribió para advertirnos de que hay horrores que no se destruyen.
Solo se reconocen.
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Fuente:
Camino Etéreo: https://www.youtube.com/@CaminoEtereo



















